Gentrificación: cuando el privilegio se disfraza de resistencia

En el corazón de la Ciudad de México, la Condesa fue una vez símbolo de modernidad, vanguardia cultural y urbanismo en evolución. Hoy, sin embargo, es epicentro de una paradoja absurda: jóvenes de clase media y alta protestando contra el mismo fenómeno del cual han sido cómplices, beneficiarios y promotores silenciosos. Las recientes protestas “contra la gentrificación” en esta colonia han sido una exhibición burda de hipocresía vestida de activismo, donde el discurso progresista se usa como escudo para defender un estilo de vida que perpetúa exactamente lo que denuncian.

El falso antagonismo

La gentrificación es real. Desplaza, excluye y margina. Nadie con un mínimo de conciencia puede negarlo. Pero el fenómeno no es una conspiración orquestada desde las alturas; es una consecuencia estructural del capitalismo urbano, impulsada por dinámicas globales, por la búsqueda de oportunidades y, sí, por quienes demandan cafés de autor, coworkings “pet friendly” y renta de departamentos vía apps mientras se quejan de la “pérdida de identidad barrial”.

La globalización no es el problema. El progreso tampoco lo es. Lo que resulta obsceno es ver a quienes crecieron con privilegios educativos, movilidad digital y acceso al capital simbólico reclamar contra la llegada de extranjeros o la revalorización inmobiliaria. Como si el problema fuera el extranjero freelance y no el modelo económico que ellos mismos sostienen con su consumo aspiracional.

Condesa: laboratorio de contradicciones

La Condesa no fue desplazada por la gentrificación. Fue gentrificadora desde hace más de dos décadas. El proceso inició con los mismos perfiles que hoy se sienten “invadidos”: diseñadores, publicistas, nómadas digitales, influencers, artistas independientes… todos parte del aparato que reconfiguró el barrio desde la estética, el discurso y la economía.

¿Ahora se quejan de que los precios están por las nubes? ¿De que la cultura “chilanga” se diluye? Bienvenidos al resultado de años de prácticas urbanas extractivas, impulsadas no por “gringos”, sino por la clase media ilustrada mexicana que vendió autenticidad y compró exclusividad.

El desfile de agendas cruzadas

Ejemplo claro de la distorsión actual fue la reciente marcha en la Condesa: convocada originalmente como una protesta contra la gentrificación, rápidamente fue absorbida por una mezcolanza de agendas ideológicas desconectadas del tema central. A la causa legítima del desplazamiento urbano se sumaron grupos pro-Palestina, punks anti-sistema, colectividades xenófobas disfrazadas de nacionalismo barrial y un largo etcétera de actores que convirtieron el espacio público en un carnaval sin propósito. En lugar de fortalecer la demanda por justicia urbana, la protesta se volvió un escaparate de consignas inconexas, destrozos a negocios (mexicanos), graffiti sin contexto y confrontación gratuita. El resultado: se diluyó la seriedad de la causa bajo el peso del ruido ideológico.

La crítica a la gentrificación debe venir desde una posición honesta, estructural y autocrítica. No desde la comodidad de una terraza gourmet con pancartas recicladas. No desde el privilegio disfrazado de resistencia. Se debe hablar de política pública, de regulación de renta, de acceso a la vivienda digna, de transporte público eficaz y de integración barrial. No de “cancelar” a los extranjeros ni de encender antorchas digitales contra quienes también son víctimas —aunque distintas— de un modelo económico que necesita reformas, no romanticismos.

Estar en contra de la gentrificación no implica rechazar el progreso. Significa exigir un desarrollo urbano con justicia social. Significa poner en la mesa mecanismos de redistribución, zonas de protección patrimonial, apoyo a comerciantes locales, planeación participativa. Significa entender que el problema no es el extranjero que alquila un Airbnb, sino la ausencia de políticas que regulen la especulación inmobiliaria y promuevan una ciudad accesible para todas y todos.

Protestar por la gentrificación en la Condesa, sin reconocer el propio papel en el fenómeno, es como denunciar la contaminación desde el asiento delantero de una SUV. Si de verdad queremos ciudades más justas, necesitamos menos performance y más coherencia. Porque el derecho a la ciudad no se defiende con selfies y eslóganes, sino con políticas serias, responsabilidad individual y conciencia colectiva. Y sobre todo, con una dosis fuerte —y urgente— de autocrítica.