El dolor selectivo de la política mexicana

Hay una frase brutal en psicología social: “la empatía es selectiva, y la hipocresía es su disfraz favorito”. En México, nuestra clase política la encarna con una elegancia grotesca.

Basta ver sus posturas recientes sobre el conflicto entre Israel y Palestina. Senadores, diputados, gobernadores y hasta alcaldes de tercera fila alzan la voz en comunicados solemnes, piden alto al fuego, exigen ayuda humanitaria y se declaran defensores de la paz mundial. Hashtags, fotografías con la bandera palestina en el perfil y discursos que parecen copiados de un manual de diplomacia barata.

Hasta aquí, todo bien. La empatía internacional es necesaria. Pero la pregunta inevitable es: ¿por qué esos mismos políticos no abren la boca cuando Sinaloa queda secuestrada por un cártel, cuando Tabasco se desangra en enfrentamientos, o cuando Michoacán lleva años siendo un Estado dentro del Estado? ¿Por qué se movilizan más rápido para condenar una guerra a 10,000 kilómetros de distancia que para mirar la sangre en el pavimento de su propio país?

La hipocresía como capital político.

En política, el silencio también comunica. Y en México, el silencio sobre la violencia interna revela lo que los psicólogos llaman disonancia cognitiva colectiva: preferimos mirar hacia afuera porque el dolor cercano nos obliga a aceptar responsabilidades incómodas. La guerra en Medio Oriente es un tema seguro: nos permite tomar partido, ganar likes y quedar bien con las corrientes internacionales sin pagar ningún costo político real.

En cambio, condenar la violencia en Zacatecas o en Guanajuato implica señalar al propio Estado mexicano: su incapacidad, sus pactos tácitos, sus omisiones. Aquí no basta con poner un tuit de “paz”. Aquí la ciudadanía podría preguntar: “¿y tú qué has hecho?” Y ahí se acaba el espectáculo.

Las comparaciones que incomodan.

Israel y Palestina: políticos mexicanos hablan de genocidio, de la urgencia de un alto al fuego, de solidaridad internacional. Sinaloa y Michoacán: comunidades enteras desplazadas, decenas de muertos, carreteras bloqueadas… y el Congreso en silencio. Tabasco: balaceras, levantones, extorsiones. Pero ningún comunicado con el mismo dramatismo que Gaza o Cisjordania.

La diferencia es clara: la violencia mexicana es demasiado cercana, demasiado real, demasiado peligrosa. Y denunciarla de frente puede costar carreras… o la vida.

Gaza sí, Sinaloa no.

La psicología de la “empatía cosmética”.

Los estudios en neurociencia política muestran que las personas tienden a sentir más empatía por tragedias lejanas y mediáticas que por horrores cotidianos y repetidos. Es el “efecto de la víctima identificable”: nos conmueve Gaza porque la vemos en CNN, pero nos anestesia Fresnillo porque es “otra balacera más”.

Los políticos mexicanos aprovechan esa brecha emocional: explotan la indignación global como si fuera propia, porque es rentable y segura. Así construyen una moralidad cosmética: dolerse por lo que está lejos, callar sobre lo que está en casa.

El espejo incómodo.

La política mexicana tiene un espejo roto: se indigna con pasión por guerras que no puede detener, pero es incapaz de articular una estrategia seria para las guerras locales que sí debería enfrentar. Este contraste revela un síntoma de fondo: la política mexicana no busca resolver, busca posar.

La realidad es brutal: en México no necesitamos más comunicados sobre Israel o Palestina. Necesitamos políticos que dejen de maquillarse con causas internacionales para esconder la hemorragia nacional.

Dolerse por Palestina o Israel no es un error; lo indecente es callar frente a la masacre diaria en México mientras se juega a diplomático global desde el escaño o la curul. La hipocresía es clara: aquí no quieren paz, quieren protagonismo. Porque la violencia mexicana, a diferencia de la de Medio Oriente, no da likes… da miedo.

Y la pregunta que queda en el aire es: ¿qué prefieren nuestros políticos: salvar vidas o salvar su imagen?