México no solo está viviendo una disputa por el poder: está viviendo una disputa por el derecho a la contradicción. Y el nuevo “capital político” no es la congruencia, ni la eficacia, ni siquiera la ideología: es la capacidad de convertir el resentimiento en permiso.
Permiso para exhibir privilegios mientras se predica austeridad. Permiso para usar la institución como extensión del ego. Permiso para mirar a la cámara y negar lo evidente con el cinismo de quien ya entendió que, en la era de la polarización, la verdad es secundaria si tu tribu te aplaude.
Lo que antes era un costo —que te cacharan— hoy es un insumo: “me critican porque les arde”. Y así, el resentimiento se vuelve coartada.
El resentimiento como doctrina: “yo tengo derecho a lo que antes criticaba”
La política del resentimiento no es “defender a los pobres”. Es otra cosa: es la lógica de “ahora me toca”. La revancha simbólica: “los de antes robaban, nosotros solo ‘compensamos’”. Es el paso del reclamo legítimo de justicia social a la justificación del privilegio.
Y ahí están los ejemplos que retratan la tesis con una crudeza casi pedagógica:
Noroña y la austeridad en modo Premier

Gerardo Fernández Noroña fue captado en un vuelo Roma–CDMX en cabina Premier One (clase ejecutiva) y, tras la polémica, respondió con el clásico giro retórico: negar, minimizar, reencuadrar.
El asunto no es si pagó él o alguien más en ese vuelo específico. El asunto es el patrón: también se documentó que el Senado autorizó recursos para un viaje a Europa (más de 143 mil pesos, según reportes) y el propio Senado emitió un comunicado para precisar gastos y reembolsos.
La contradicción no es moralista; es política: no puedes construir legitimidad prometiendo “justa medianía” y actuar como si la austeridad fuera para los demás.
El salón de belleza en el Senado: la austeridad como cosplay

Cuando se difundió la reapertura/operación de un salón de belleza dentro del Senado, la reacción fue reveladora: primero el escándalo, luego la defensa, después la clausura.
La presidenta del Senado, Laura Itzel Castillo, lo justificó bajo el argumento de que las legisladoras pagan su servicio y que es “normal” para quienes viajan desde otros estados.
Lo llamativo no es el tinte. Es el símbolo institucional: un Congreso que se supone en modo “austeridad republicana” reintroduce servicios que habían sido eliminados precisamente por la narrativa anti-privilegios.
A eso súmale el detalle: cuando la cámara te enfoca, no corriges el fondo (la incongruencia), corriges el relato (quién lo puso, quién sale en el video, quién “miente”).
El ministro Hugo Aguilar y el poder arrodillado


El ministro presidente Hugo Aguilar Ortiz fue grabado mientras colaboradores le limpiaban el calzado previo a un acto oficial; la escena detonó críticas y terminó en disculpa pública y explicaciones (que si fue un accidente, que si se derramó café, etc.).
Aquí no importa el líquido. Importa la fotografía moral: el poder acostumbrándose a ser servido. Y, sobre todo, el reflejo automático: no “esto no debe pasar”, sino “esto no es lo que ustedes creen”.
El cinismo como método: negar lo que todos vimos
El rasgo común de estos episodios no es el lujo. Es la respuesta.
La nueva estrategia es simple:
- te exhiben;
- niegas (o juegas con tecnicismos: “no existe primera clase”, “no era un privilegio”, “no es nada fuera de lo normal”);
- atacas al mensajero;
- cierras con una frase moralizante para tu audiencia (“intrigantes”, “mentiras”, “campaña”).
Eso es cinismo político: no es que “se equivoquen”; es que cuentan con que te canses. Cuentan con que la indignación dura 24 horas y el siguiente escándalo tape el anterior. Cuentan con que una parte del público va a perdonar cualquier incoherencia si viene envuelta en “los de antes eran peores”.
Y claro: siempre puedes reencuadrar como persecución. La víctima eterna con cargo público.
El costo real: instituciones convertidas en botín simbólico
Cuando le das poder a la política del resentimiento, el daño no es estético: es institucional.
- La austeridad se vuelve un branding, no un principio.
- La transparencia se vuelve un comunicado, no un estándar.
- La ética pública se vuelve una narrativa de guerra, no una práctica.
El resultado es que el ciudadano aprende una lección tóxica: todos son iguales, y entonces baja la exigencia. Y cuando baja la exigencia, sube el abuso.
Peor aún: el resentimiento, usado como gasolina, termina devorando a los mismos que decía defender. Porque mientras arriba se reparten permisos para la incongruencia, abajo la gente sigue pagando inflación, inseguridad, burocracia y servicios públicos mediocres.
El resentimiento no gobierna; solo justifica
El resentimiento social puede ser un diagnóstico —hay razones de sobra para estar enojado en México—, pero cuando se convierte en doctrina de poder, produce una élite peor: una élite que, además de privilegios, presume superioridad moral.
Y ahí está el punto más peligroso: ya no necesitan convencerte de que no pasó. Solo necesitan que dudes, que relativices, que digas “pues todos”. Ese es el cinismo perfecto: negar lo que todos vimos… porque ya no les importa la verdad, les importa la lealtad.
La pregunta incómoda para nuestra vida pública es esta: ¿vamos a seguir premiando a los que convierten el resentimiento en permiso, o vamos a volver a exigir lo único que de verdad distingue a un gobierno serio de una pandilla con presupuesto: congruencia, límites y vergüenza?