El Corto Circuito del Progresismo

La izquierda progresista atraviesa una crisis de narrativa tanto silenciosa como evidente. No es solamente que pierda elecciones (eso es visible y doliente), sino que va despidiéndose de su propio lenguaje: de las banderas ideológicas claras, de los símbolos que movilizan, del relato que conecta lo micro con lo macro. En su lugar, pone palabras prestadas, indignaciones simétricas, y eficacia moral sin sustancia política.

Tres hitos recientes ayudan a visibilizar esa fractura: el Premio Nobel de la Paz para María Corina Machado, la aparente “paz en Gaza” atribuida a un plan impulsado por Donald Trump, y el vacío estratégico de muchos colectivos que ya no tienen bandera auténtica ni brújula política.


María Corina Machado: el Nobel que inquieta al progresismo

El 10 octubre de 2025 el Comité Noruego del Nobel otorgó el Premio de la Paz a María Corina Machado, líder opositora venezolana, en reconocimiento a su esfuerzo por transicionar pacíficamente de la dictadura a la democracia.  Este reconocimiento ha sido celebrado por quienes interpretan que la lucha democrática puede y debe ser no-violenta, incluso bajo autoritarismos. Pero también ha generado rechazo frontales desde sectores de la izquierda tradicional, que cuestionan si ella representa realmente una opción de emancipación social o simplemente otro rostro neoliberal con barniz democrático. 

Aquí aparece la tensión crucial: el progresismo global (y latinoamericano) empezó a pensar la “lucha democrática” como sinónimo de “lucha institucional”. Pero Machado simboliza, para sus críticos, una izquierda liberal de menor riesgo para las élites (comparada con proyectos de transformación estructural). En otras palabras: cuando una figura como Machado es premiada, algunos progresistas sienten que han perdido su monopolio moral de decir quién es “progresista de verdad”.

La izquierda se enreda: celebrar el Nobel es políticamente viable, pero asumirlo como símbolo mayor sin debatir su contenido ideológico —sus propuestas económicas, sus alianzas— equivale a renunciar a la agenda crítica. Así, el mensaje “ella lo merece por el valor cívico” empieza a operar como sustituto suave del análisis profundo.


“Paz en Gaza”: el mito de la intervención mágica

Otra señal del corto circuito: atribuir la pacificación de Gaza a un plan de Donald Trump como si fuera un hecho consumado. En medios y discursos, ya se difunde la narrativa de que este “plan de 20 puntos” ha generado un alto al fuego y una oportunidad de reconstrucción. 

Pero quienes estudian el conflicto advierten que el acuerdo tiene fisuras graves: falta de garantías reales para que Israel ceda espacios, ausencia de mecanismos creíbles de control palestino, condiciones impuestas que subordinan la soberanía local.  Algunos incluso lo ven como colonialismo con pasarela de paz: una forma de imponer condiciones asimétricas bajo el disfraz de mediación. 

La izquierda progresista debería ser sagaz con esta narrativa: si adoptas el discurso de que “Trump trajo la paz”, renuncias al análisis sobre consentimiento, autonomía y quién toma las decisiones sobre Gaza. Esa narrativa simplista permite que quienes impulsaron el conflicto se rediman como arquitectos de la paz sin rendir cuentas por lo destruido.


Colectivos sin bandera: el síntoma del agotamiento discursivo

Ya no hay banderas claras que unir; los colectivos progresistas empezaron con “justicia social”, “igualdad de género”, “ecologismo radical”, “antiimperialismo”… pero hoy esas banderas se ven desgastadas, diluidas, vacías de contenido práctico. Muchos colectivos se encuentran atrapados en la indignación reactiva: denuncian violaciones, marchan por causas internacionales, pero cuando una comunidad indígena pierde territorio o un barrio sufre violencia, no saben articular un proyecto integrado.

Eso sucede porque el progresismo construyó un capital simbólico más que políticas reales —o las hizo difícilmente aplicables en contextos nacionales saturados de precariedades, corrupción e intereses contrarios. Al llegar al poder, muchos proyectos progresistas han envejecido por falta de eficacia (o por compromisos con estructuras que “no se tocaban”). Luego, en la oposición, ya no tienen espejo político ni enemigo claro: son críticos del sistema, pero sin horizonte alternativo irresistible.

En ese vacío, conceden espacio para narrativas externas: el exabrupto mediático, la derecha populista que vende “orden”, o discursos identitarios que obvian la redistribución. Y lo peor: comienzan a replicar estructuras del poder que decían combatir, porque la narrativa vacía necesita sobrevivir de lo simbólico.


Diagnóstico: el progresismo atrapado entre el “ser moral” y la política real

  • Estratagema moralizante: el progresismo ha invertido demasiado en el capital moral (decir lo correcto, estar en la causa justa), y ha descuidado la eficacia política. Cuando una figura obtiene el Nobel, se celebra moralmente sin preguntarse: ¿qué transformaciones reales acompañan ese reconocimiento?
  • Dependencia narrativa externa: la izquierda ya no dicta narrativas globales; reacciona a ellas. Si alguien premia o legitima, aplaude; si critican, responde defensivamente. Eso lleva a fatigarse: tienes que estar siempre reaccionando, nunca iniciando.
  • Aislamiento institucional: muchos progresismos no pudieron construir tejidos sólidos: partidos coherentes, redes de ejecución, alianzas funcionales (no solo simbólicas). En la práctica, cuando toca gobernar, les sobra discurso y les falta estructura.
  • Confusión de enemigos: los colectivos terminan demonizando al “neoliberalismo” como concepto amplio, cuando el problema real es concreto: oligopolios, extractivismo, mafias locales, burocracias parasitarias. No distinguir enemigo real de fantasma lleva a discursos sin palanca.

Cuando el progresismo cree que el símbolo es más fuerte que el riesgo

El progresismo debe reconocer lo que ha hecho: ha invertido su poder discursivo en sermones morales, en alianzas simbólicas, en misa de discursos. Ha subestimado lo que cuesta transformar estructuras reales.

Ahora ve cómo figuras como Machado se convierten en símbolos universales, no porque su izquierda lo haya gestado, sino porque en el desierto narrativo progresista, cualquier espejismo brillante reluce.

Y mientras tanto, los colectivismos languidecen: porque sin bandera real, sin proyecto viable, no hay nada que defender salvo la indignación eterna.

Si la izquierda no recupera su propio tren narrativo, terminará siendo tributo emotivo de causas cuidadosamente seleccionadas por otros. La pregunta final es punzante: ¿Queremos ser audiencia de causas progresistas (o progresismos mediáticos), o generadores de narrativas que resistan gobiernos, crises y derrotas? El corto circuito del progresismo no se arregla con moderaciones: se resuelve volviendo a tener banderas que ardan con contenido.

@israguileramx

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