Alito vs. Noroña: bronca, cálculo y ganadores provisionales

Alito vs. Noroña: la impotencia hecha espectáculo

Lo que ocurrió en la antigua sede del Senado no fue “calor del debate”: fue una postal de decadencia. Alejandro “Alito” Moreno irrumpió sobre la Mesa Directiva para encarar a Gerardo Fernández Noroña, actual presidente de la Cámara Alta. Terminado el himno, comenzó el empujón, la trifulca, la caída de un camarógrafo y el coraje filmado desde todos los ángulos posibles. La escena parecía escrita por un guionista con prisa: gritos, acusaciones, un “¡no me callan!” de manual y, minutos después, el expediente mediático en manos de todos.

Conviene reconstruir el cuadro con un poco de hielo en la cabeza. La sesión venía cargada por discusiones sobre seguridad y soberanía; el tono estaba en rojo desde antes de que Alito se levantara del escaño. Pero el gesto de subir al presidium para reclamar a Noroña —y hacerlo a golpes de hombro— convirtió la diferencia política en testosterona televisiva. Noroña respondió como sabe: con el libreto del agraviado institucional, denuncia en mano, cámaras al frente y la promesa de sanción. El efecto, en términos de opinión, fue inmediato: el Senado dejó de ser recinto para ser ring; los partidos dejaron de comunicar ideas para intercambiar acusaciones; la conversación pública se redujo a quién pegó primero y quién sabe victimizarse mejor.

Si uno rasca debajo del ruido, asoma la coyuntura. Morena llega a este episodio con tensiones internas que no necesita ventilar; la narrativa de “unidad” se sostiene, pero cruje. Para Claudia Sheinbaum, cada conflicto es un riesgo de fisura… salvo cuando la oposición regala un enemigo claro. Alito se lo dio: un antagonista perfecto que permite a Noroña colocarse el traje de presidente sobrio que “aguanta provocaciones” —aunque su historial de estridencias no lo convierta precisamente en monje trapense. La víctima, en política, suele ganar la primera ronda si administra el gesto con sobriedad. Noroña lo sabe.

Del lado priista, el cálculo es más prosaico. Con una bancada disminuida y una marca en terapia intensiva, Alito necesita agenda cada dos días; y cuando no hay agenda, fabrica ruido. El problema es que confunde volumen con estrategia. Cambió tres minutos de micrófono por semanas de desgaste, abrió la puerta a sanciones parlamentarias y regaló a sus adversarios el encuadre moral del “no violencia en la Presidencia del Senado”. En términos de voto moderado —el único que el PRI aún podría aspirar a reconquistar—, la imagen del dirigente empujando a la autoridad del recinto vale oro… para la contra.

La oposición aliada tampoco sale ilesa. PAN y MC viven con la incomodidad de compartir foto con el puñetazo: les sirve la pirotecnia contra Morena, pero les cobra factura entre electores urbanos que castigan la pantomima. Veremos distancia retórica (“condenamos la violencia, pero…”), lo suficiente para no cargar el costo reputacional y lo mínimo para no romper la alianza coyuntural en tribuna.

Queda el Senado, la institución que todos dicen defender y todos usan de escenografía. Cada zafarrancho alimenta la antipolítica, esa fuerza silenciosa que erosiona a todos por igual y termina apuntalando a quienes viven del enojo sin procedimientos. La Cámara Alta pierde cuando se vuelve trending por golpes y no por dictámenes. Pierde el ciudadano que, hastiado, decide que da lo mismo votar que no. Y pierde la posibilidad de discutir en serio aquello que originó el pleito: seguridad, cooperación internacional, el límite entre firmeza y soberanía. El ruido se come al tema, y con él, la oportunidad.

¿Quién gana hoy? Noroña y Morena, tácticamente. La coreografía del agravio institucional funciona si se acompaña de un proceso rápido en la Comisión de Ética y una sanción visible. Sheinbaum obtiene, de paso, un pegamento de emergencia: la bancada se ordena alrededor de su presidente por reflejo, no por convicción. Eso sirve para el ciclo noticioso, no resuelve el fondo. El desafío de Morena, si quiere convertir este golpe de suerte en capital, es no sobreactuar: que la denuncia recorra los carriles normales, que el Ministerio Público no parezca mensajero de oficina, que la sanción parlamentaria no huela a vendetta. Si cruzan esa línea, el “victimismo institucional” se revierte en “abuso de poder”.

¿Y el PRI? Pierde hoy y se encoge mañana. No lo derrumba —para derrumbarse hace falta altura—, pero lo reduce otro poco en el único nicho que todavía le presta atención: el electorado moderado que exige templanza y procedimiento. La épica del “no me callan” moviliza a convencidos; espanta a los que pagan impuestos, prenden el noticiero y esperan ser representados por adultos. Alito puede doblar la apuesta, convertir el episodio en gira de medios y denunciar persecución. Hará ruido. Pero hay un problema insoluble: el video es más elocuente que cualquier discurso.

La pregunta de fondo no es judicial —si habrá denuncias, sanciones o disculpas—, sino política: ¿qué nos dice este episodio sobre el equilibrio real de fuerzas? Que Morena aún conserva reflejos para convertir la agresión ajena en cohesión propia. Que el PRI bajo Alito sólo sabe producir notoriedad, no construir mayorías. Y que el Senado, como institución, está a un par de escándalos de convertirse definitivamente en escenario y no en contrapeso.

Mi predicción, con filo: vendrá una sanción parlamentaria relativamente rápida a quien resulte responsable (o un apercibimiento con costo simbólico); la ruta penal será lenta y útil sobre todo para mantener el tema en el aire. Noroña aprovechará para endurecer el control del pleno —más llamadas al orden, menos tolerancia a interrupciones— y, si administra sin humillar, ganará estatura de árbitro. Alito venderá persecución y convertirá la bronca en narrativa de valentía; su núcleo aplaudirá, el centro bostezará. A mediano plazo, el episodio se diluye en los tribunales de siempre y queda como recordatorio de la ecuación vigente: Morena cobra cuando la oposición pierde la cabeza; el PRI paga cuando su líder confunde política con espectáculo.

Ayer no vimos fuerza, vimos impotencia teatralizada. Y aunque la democracia resiste los gritos, termina agotándose con los golpes. Si alguien quiere callar a Alito, que lo haga con votos. Si alguien quiere frenar a Noroña, que lo haga con argumentos. Todo lo demás es ruido… y el ruido, como sabemos, siempre le sirve más al que no tiene nada que decir.

Add comment: